
Es inevitable recorrer el asfalto gastado de la calle Guido y no detenerse a pensar, por un momento al menos, en uno de los jugadores que más entrega ha mostrado vistiendo la casaca sagrada. Hay justicia en esas tardes post-partido en las que el equipo no dio todo de si, y alguna voz en la penumbra del vestuario invoca la figura de Juan Cruz Valle, para representar lo que debió haberse hecho y no se hizo.
Es que rara vez uno encuentra jugadores de esa estirpe solidaria, avasallante, capaces de no darse por vencidos ni aun vencidos. Le alcanzaron un puñado de partidos para demostrar su valía, y quien se incorporaba transcurridas las primeras temporadas como una figura complementaria, se convirtió rápidamente en una pieza fundamental del equipo.
Un jugador dotado atléticamente: por las noches conservaba el hábito de fumar, durante la semana jamás entrenaba, y en los días fuera de la concentración nunca respetó el régimen alimenticio que impusieron las autoridades del club. Sin embargo, a la hora de la verdad, siempre lograba rendir por encima de las expectativas. Sorprendía salvando al equipo cuando ya nadie lo esperaba, barriendo la cancha en unas cruzadas fenomenales, llegando a interceptar al delantero salvajemente, arremetiendo con todo y contra todo, cuando ya el resto del equipo miraba resignadamente la escena esperando el desenlace final.
Mientras militó en las filas del Gremio, gozó del apoyo unánime de la patria gremialista. No podemos omitir, de todos modos, su evento más desafortunado: luego de haber brillado consecutivamente en varios partidos, desde el Comité de Ética y Fair Play de NorthChamp se levantaron sospechas sobre el utensilio que lo acompañó durante toda su carrera, el cual conservaba escondido durante los partidos para su propio auxilio, en algún lugar de su short que aun hoy sigue siendo un misterio indescifrable: el mítico chuf-chuf.
Las conjeturas sobre el contenido del artefacto y los rumores sobre una posible sanción anti-doping se diseminaron rápidamente por los pasillos de NC. No contribuyó a esta situación su apresurada y desprolija partida al viejo continente para continuar su carrera en un club inglés. Un manto de dudas dominó la escena: lo intentaron involucrar en un escándalo de falsificación de pasaportes, y por varios días no se supo sobre su paradero.
Algunas semanas más tarde sabríamos que no había razón para desconfiar, luego de que apareciera en un cafetín londinense vestido de garçón francés, trabajando luego de los entrenamientos para pagar su costosa pensión, y le diera a la prensa un testimonio esclarecedor en el cual explicaba que los motivos de su salida estaban vinculados estrictamente a diferencias de criterio en el manejo del club con la infausta presidencia Laviaguerre-Bonaventura.
Sostienen los románticos del fútbol que se juega como se vive. JCV hizo honor a ese dicho. También por las noches mantenía el perfil bajo y la pisada fuerte. Jamás se la jugó de estrella; entró a jugar cada aventura nocturna con la misma actitud incondicional que mostraba en la cancha. Nunca rechazar una cerveza invitada, nunca especular entre dos eventos, nunca irse antes de tiempo de una fiesta.
Entrevistados para la ocasión, sus compañeros de pool, oriundos de La Horqueta, recordaron entre lágrimas la falta que les hace su presencia en los viajes previos a los partidos, a pesar de sus reiteradas demoras para salir de su casa, y algunos olores extraños que su cuerpo emanaba por las mañanas, probablemente debido a sus excesos con la ginebra.
Justo en el día en que se nos dio por pensar en el y dimos origen a estas líneas, llegaron buenas noticias desde el norte. ¿Casualidad? No importa realmente. Lo que vale es la alegría genuina por el otro, la intención de querer compartir lo que viene, pedirle un deseo al futuro. Lo demás es accesorio, accidental. Todo el Gremio alza las copas, y comienza a preparar el brindis para lo que vendrá. ¡Grande, niño!
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